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MÉXICO

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 Los exilios de los chilenos en México
.por María Luisa Tarrés

» Tomado de http://www.cultura.df.gob.mx/babel/latinos/tarres.htm

 

No hay un exilio, hay muchos. Si bien se comparte el sello del abandono involuntario de la comunidad de origen y la impotencia ante fuerzas sobre las que no se tiene ningún control, las vivencias se constituyen como un abanico muy amplio y colorido, en el que se encuentra todo tipo de personas. Los hay desde aquellos que definieron al exilio como una oportunidad y de repente aparecieron como licenciados o doctores, otros que aprovecharon la posibilidad para conocer el mundo porque todo chileno es pateperro y buscavidas, están los que se exiliaron porque perdieron su trabajo, hasta la gran mayoría que debió salir por motivos ajenos a su voluntad debido a la persecución política. Incluso entre estos últimos hay diferencias que aunque formales permiten distinciones que, a veces y no siempre, marcan la pertenencia a diferentes grupos.

Así hay los exiliados que podríamos calificar como "legales o puros". Se trata de personas que por motivos políticos se asilaron en las embajadas, fueron trasladados, en este caso a México, y tratados de acuerdo con los convenios internacionales y la tradición nacional. Hay otro sector de perseguidos políticos que por pasar experiencias represivas más largas y/o vivir lejos de Santiago, donde se ubican las embajadas, salieron más tarde o huyeron a otros países, para posteriormente instalarse en México. Algunos llegaron como estudiantes, otros gracias a la gestión de organizaciones de derechos humanos o políticas, otros porque después de sufrir la violencia fueron contratados por colegas que ocupaban puestos en instituciones mexicanas. Todos ellos, nosotros, llegamos a cuenta gotas y gracias a la solidaridad de personas que se jugaron por nosotros por amistad y por principios éticos. Se trata de un exilio diferente ya que no es grupal (con todos los aspectos negativos y positivos que denota este concepto), la integración a la sociedad de llegada se realiza gracias a la buena o mala disposición de los sectores mexicanos y chilenos, con los cuales los recién llegados se relacionan y en general, su característica es que estas personas deben arreglárselas por sí solas.

Es al comienzo de un exilio cuando es difícil reconocer estos matices debido a esa solidaridad básica y defensiva que se genera durante los primeros años. El tiempo y el regreso a la normalidad permiten dar estos ejemplos, que si bien exageran ciertos tipos de exilio, sirven como ilustración para mostrar que, desde un comienzo hay una gran diversidad en la experiencia, pues en ella se juegan desde rasgos muy íntimos como son las motivaciones personales, las amistades y redes de lealtad internacionales, factores objetivos relacionados con el sufrimiento vivido en el país de origen, hasta las formas de integración en el país receptor.

Los expertos en el tema reconocen esta diversidad en el exilio y la asocian fundamentalmente con factores, tales como la rapidez o éxito para encontrar trabajo, hablar el idioma o encontrar puentes con la cultura del país de refugio. También la experiencia es distinta si se poseen los recursos personales para adaptarse al cambio, encontrar simpatías ideológicas y no ser demasiados en número o muy visibles como para ser definidos como una amenaza por la sociedad de llegada.

La observación me enseña que las experiencias del exilio chileno también adquirieron matices según:

a) Los ciclos vitales del exiliado, es decir, la edad en que se llega y/o se forma una familia, pues si los hijos crecen y se forman en México, las posibilidades de quedarse aumentaron.

b) Los tiempos políticos, es decir, la duración de las medidas represivas aplicadas a las personas y la posibilidad de regreso. Mientras más larga sea la permanencia hay menos posibilidades de regresar para integrarse en el país de origen.

c) Entre los chilenos y otros cono-sureños he observado que el motivo de su salida es central para comprender la decisión de regresar o quedarse: cuando existe una experiencia personal o muy próxima de la represión se tiende a generar una mezcla de miedo-rechazo y rabia hacia el país de origen que no se soluciona ni con un psicoanálisis prolongado. Estas personas fueron heridas en su dignidad y es muy difícil que resuelvan el sueño del paraíso-madre patria que perdieron. Más bien su ruptura se transforma en una actitud que facilita la adopción de la sociedad mexicana y aunque también hay casos de aislamiento.

d) La ruptura con los partidos donde se militó. Aquellos que rechazaron la militancia por motivos tan distintos como el desconocimiento de autoridades políticas que hablaron en nombre de todos sin consulta o porque sus ideologías se diluyeron con la crisis del socialismo o simplemente porque la inversión que se exigía era muy alta, encontraron un gran rechazo y ostracismo en la comunidad chilena y muy pocas personas se interesaron por conocer sus motivos debido a que la tarea era desmantelar la dictadura. Curiosamente, los no militantes que decidieron regresar encontraron grandes dificultades para su integración al país, ahora democrático. Varios ya regresaron a México.

Y esto es así porque aunque el discurso privilegia la concertación de intereses y proyectos así como la competencia individual, la pertenencia partidaria y a ciertas redes socio-políticas tiene un peso muy fuerte en la formación de lealtades primordiales. Esto no es un rasgo nuevo de la cultura nacional. Hoy se ha hecho más visible pues se encarna incluso en condominios, llamados comunidades, donde estos grupos residen habitualmente o descansan los fines de semana. Se ha creado otra marca de distinción que une a los idénticos y los separa de los distintos, los no militantes, dejándolos no sólo fuera del juego, lo que es un costo esperable cuando la gente opta por alejarse de la política, sino que cierra puertas a una integración a la sociedad.

e) El origen de clase de los chilenos, marca bastante su opción de regreso o permanencia. La observación cotidiana muestra que hay personas de origen provinciano, de clases bajas o medias bajas, que, justamente por su origen social en la sociedad chilena, donde las marcas de clase y la distinción forman parte de un código rígido, no habrían tenido las oportunidades de trabajo, acceso a estilos de vida de clase media o al reconocimiento que han encontrado aquí. Así como para algunos fue difícil la adaptación por su pertenencia a sectores sociales que gozaban de oportunidades y ciertos privilegios que difícilmente podían reproducir en México, hubo otros para los cuales el exilio significó movilidad social y sobre todo reconocimiento más allá del color de su piel, de su manera de hablar, del colegio donde estudiaron o del barrio en que vivían.1

Todos estos factores influyen sin duda en las vivencias y elaboraciones del exilio y en las decisiones del retorno o la adopción de la sociedad mexicana. Todo ello también permite afirmar que más allá de un dolor compartido debido a la pérdida, existen matices y rasgos distintivos porque los exiliados han tenido una vida anterior que pesa o interviene en los caminos que eligen para enfrentar la ruptura, la incertidumbre y la determinación para reconstruir su vida.

Pienso que es preciso reconocer que el exilio también se puede leer y vivir como una experiencia positiva. El exilio es como la germinación de una semilla bajo la tierra. Esta puede secarse en espera de una lluvia que le permita crecer o simplemente, como en Atacama, desaparecer por falta de agua.

Los exiliados vivimos a veces experiencias límites, rupturas que nos permitieron distanciarnos de lo que se nos aparecía como natural y aprender a ser más reflexivos. Gracias a las rupturas y a esa vivencia ambigua que se mueve entre el amor al terruño de origen y a la sociedad mexicana, debimos trabajar subjetivamente sobre nosotros y sobre los otros para adaptarnos y reelaborar nuestras identidades. También estuvimos y estamos obligados a pensar en lo que queríamos ser y hacer. Curiosamente cuando el sistema de hábitos y patrones propios se rompe, los seres humanos reconocemos las limitaciones y la necesidad de generar otros sentidos y nuevas pautas de comportamiento, que implican la reflexión e indican procesos de individualización y por ende de crecimiento. Los exilios han sido diversos, pero probablemente significaron para muchos de nosotros pasar a los umbrales de la modernidad, superando la concepción de la vida como costumbre. Supongo que el regreso a Chile de los exiliados provenientes de México y de otros países, contribuirá a su renovación. Personalmente, he optado por permanecer en mi país de refugio, donde aprendí a ser individuo y he tenido espacios para producir y crear. Este descubrimiento me da tal satisfacción que me ata fuertemente a los mexicanos.

Desde dónde hablo

Finalmente quisiera plantear desde qué lugar hablo porque, si bien está relacionado con Chile, también marca mi decisión por vivir en México.

Aunque en un debate sobre el significado de ser extranjera en México, una participante afirmó que los chilenos encontramos menos dificultades que otras nacionalidades porque somos «suaves, escuchamos, seducimos y no nos imponemos», y durante unos minutos casi caigo presa de esas agradables palabras, rápidamente recordé el lema del escudo nacional: "Por la razón o la fuerza".

También pensé cómo esa divisa y otras enseñanzas que marcan las prácticas, el imaginario y hasta el inconsciente de los chilenos, definieron la brutalidad y la intolerancia con que se trató a personas y grupos que plantearon un modelo político diferente por medios institucionales y legales. Pensé en mis amigos asesinados, fusilados y desaparecidos sin juicio, en sus hijos, en los suicidados o muertos por nostalgia y en mi absoluta negación a comprender, justificar esas acciones, incluso hoy. Y esto es así porque me niego a sanar heridas en nombre de una tranquilidad pasajera, porque no sólo es peligroso olvidar el pasado de toda una sociedad, sino también como lo dice Borges porque «no hay peor traición que el olvido». Quizás me ayuda el haber sido criada en la tradición laica donde la responsabilidad es personal de modo que no me siento compelida a perdonar. Hay vivencias personales que tocaron mi dignidad como chilena y ser humano. Reivindiqué y reivindico el derecho a la rebeldía pero también a la virtud cívica y sobre todo a la tolerancia. Todo eso se rompió y si bien quiero a mi patria, echo de menos la cordillera, la playa y los olores de la primavera encuentro dificultades, a veces insuperables, para establecer o reestablecer relaciones de confianza, fundamento de la tolerancia, con mis connacionales. Me doy cuenta que en mi estructura básica soy muy chilena: no agacho el moño, soy soberbia como me lo hizo notar un militar después de un interrogatorio, cuando le pedí me devolviera un cuaderno que contenía una bibliografía hecha durante años y quizás pueda ser tachada de rígida o intolerante cuando no concibo que, en nombre de la estabilidad y el consenso se trata de borrar una experiencia vergonzosa, como si ello amortiguara la memoria.

Quizás porque estoy en México y de alguna manera me siento protegida por la hospitalidad de su gobierno y de su gente, me atrevo a decir algo que probablemente no habría dicho en la república: ante el lema del escudo, opongo un verso de la canción nacional: "o la tumba será de los libres o el asilo contra a la opresión".

Y digo esto porque la muerte de ellos es parte de nuestra vida. Ellos no pueden recordar. Nosotros sí.

La comunidad chilena y el exilio

Hace exactamente nueve meses Pinochet fue detenido en Londres. Esta noticia que alegró a los chilenos ex-exiliados residentes en el extranjero, porque la solidaridad mantenida por tantos años daba sus frutos y también porque podíamos por fin volver a confiar en la justicia tuvo algunas repercusiones entre los chilenos residentes en México. Desde 1998 hubo intentos por reunir a los exiliados con el resto de la población chilena residente en México. Algunos de ellos, vivían aquí desde antes de 1973 y otros son recién llegados. Se organizó una fiesta para celebrar el 18 de septiembre, día de la independencia y se integró un consejo editorial plural que publicaría la revista Cordillera que nos uniría pues daría un espacio para expresar distintas voces, las voces de todos. Hasta allí llegó la buena voluntad, ya que la publicación del segundo número de la revista coincidió con el arresto de Pinochet, produciendo un conflicto en la dirección de esa publicación que terminó con un desplegado de una y otra parte en periódicos mexicanos y la salida de los miembros más progresistas del consejo editorial. Este hecho banal muestra con nitidez que los problemas de la sociedad chilena no han sido resueltos, pero también que los problemas que no se han resuelto en Chile, los chilenos del extranjero tampoco los podemos superar. Pertenecemos a una comunidad imaginaria que tiene una historia de rupturas y conflictos, por eso es que incluso si vivimos en otro espacio, en otro país, arrastramos con nosotros esas rupturas, esas heridas que tienen una eficacia simbólica, una propiedad inductiva tan grande que nos impide crear una comunidad real, concreta, fundada en lazos de pertenencia, en aceptación mutua, en un sentimiento de pertenencia compartido.

Pienso que los chilenos que vivimos en México no llegamos a formar una comunidad, algunos tenemos amigos chilenos, y con ellos nos hemos integrado a la sociedad mexicana. Nuestra comunidad originaria es tan viva y real, nuestra memoria, compartida, tiene tal eficacia simbólica que se transforma en un impedimento para crear lazos, relaciones sociales o proyectos reales, basados en la identidad nacional. Supongo que la fuerza que adquiere la memoria entre los diversos grupos que viven fuera del país expresa brutalmente, sin tapujos, el problema que vive nuestra sociedad. La diferencia es que aquí no estamos obligados a convivir y por tanto es posible vivir sin mascaras. Dentro de Chile muchos compatriotas se refugian en la vida privada, se abstienen o viven en los márgenes para evitar la confrontación. Es el costo a pagar cuando se opta por vivir en el lugar de origen. Es probable que aquellos que fuimos exiliados y no regresamos a Chile, enfrentamos esa misma dificultad. Sin embargo, y esto hay que reconocerlo, obtuvimos algo único, algo que nos ató profundamente a esta comunidad y que no obtendremos allá. En mi caso se trata de la confianza en los otros. Se trata de una hipótesis que se me ocurre a nivel personal, como una chilena más y que sin embargo me gustaría probar como socióloga.

El paso del tiempo enseña que el exilio no es algo material, es algo moral, una experiencia subjetiva. Una aprende que todos los rincones de la tierra son valiosos, que se ofrecen a la curiosidad y que se pueden querer. Pero se aprende también que el exilio existe aparte, fuera del lugar, del país del exilio, marca nuestra vida interior. Hoy, cuando viajo a Chile, después de visitar parientes, amigos y de estar en la playa y contemplar la cordillera, después de eso, «luego, luego», como se dice en mexicano, me siento desubicada, fuera de lugar. Constato así que el exilio no es un hecho material, no se resuelve con el retorno, forma parte de mí. Hoy soy extranjera aquí y allá. Me consuelo pensando en que esta ha sido y es la condición del ser humano durante el siglo XX. Esta idea, pienso, puede y debería organizar la vida, nuestra vida. Gracias.

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1 He perdido algunas de estas huellas tanto en mi manera de hablar como en el vestido. Esto produce tal confusión cuando conozco a los chilenos, incluso a algunos amigos nuevos, que su primera pregunta es dónde vives, en qué colegio estudiaste. Después de tantos años de dictadura no se atreven a preguntar por el partido en que se militó, pero todavía indagan sobre cual es club de fútbol que a una le gusta. Aunque me niego a decirlo porque quisiera que me aceptaran como lo han hecho en México simple y lentamente, siempre la gente lo averigua, ya que es un código, de esos ocultos, que permite saber cómo tratar al otro.

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