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Introducción
El 11 de
septiembre de 1973, el Gobierno Constitucional de la República de
Chile fue derrocado por un golpe militar. En el alzamiento contra
el régimen elegido por voluntad popular muere el Presidente de la
Nación, se deja a un lado la Constitución del Estado y todos los
códigos legales que garantizaban los derechos y conquistas de los
trabajadores y se comienza a gobernar mediante el sistema de
Bandos Militares en tiempos de guerra. Se clausura el Congreso
Nacional. Se aniquila la libertad de prensa y son clausurados la
casi totalidad de los diarios,
revistas y radioemisoras y sobre las estaciones de televisión se
establece un directo control militar. Los partidos políticos de
orientación popular son declarados fuera de la ley, mientras al
resto se le impone un receso obligatorio. Todas las organizaciones
sindicales y vecinales son disueltas sin excepción. Sobre el
pueblo, sobre la masa de trabajadores, sobre todo aquel sospechoso
de haber simpatizado con el régimen caído, sin importar edad, sexo
o condición, se descarga una de las más brutales y enconadas
persecuciones que haya conocido Chile en particular y América
Latina en general. Se habilitan campos de concentración, se
institucionaliza la tortura y se hacen desaparecer a ciudadanos,
hombres y mujeres, sin que dejen rastro. El amedrentamiento físico
y psicológico, el terror masivo y la violación de los más
elementales derechos humanos pasan a ser, a partir de entonces,
elementos nuevos en el diario acontecer de una sociedad
acostumbrada al disfrute de todas las libertades sociales y
políticas. Las artes, la ciencia y la cultura nacional son
declaradas enemigas de la ideología que sustentan los nuevos
gobernantes. Se produce el asalto armado a las universidades del
país y las cámaras cinematográficas, que recorren el mundo,
muestran a soldados quemando libros y destruyendo obras de arte,
cuyo patrimonio el país guardaba con celo y orgullo. Las sedes
diplomáticas acreditadas en Santiago son abarrotadas con la
presencia de miles de personas que buscaban escapar y ponerse a
salvo de una locura no registrada en una sociedad civilizada. A
los pocos meses, más de un millón de chilenos dejan el país y se
establecen en el extranjero. Según los antecedentes de la Comisión
de Inmigraciones de la Iglesia Católica chilena, un 10% de la
población se vio obligada a dejar el país al negársele la
seguridad personal o el derecho a mantener a sus familias.
Por un espacio de
16 años y tres meses se sostiene en Chile una dictadura militar
que gobierna el país a su arbitrio. Los métodos usados para
mantener a la población sometida a los intereses que representaba,
provocaban preocupación y molestia en países de muy diferentes
posiciones ideológicas y con distintos modelos de organización
socio-política.
Este impacto
producido en una nación pequeña y casi desconocida para millones
de seres humanos en el mundo, ocupaba las primeras páginas de los
diarios, revistas y un gran espacio informativo en radioemisoras y
canales televisivos. Chile pasaba a ser desde ese momento un país
al cual se le había cercenado en forma ilegítima y violenta el
derecho a su independencia económica y a su autodeterminación
política. Con esta lectura, los pueblos del mundo reaccionaron y
sus fuerzas políticas y sociales más avanzadas se dispusieron a
entregar su contribución a una lucha liberadora que pusiera
término a la dictadura militar y restituyera, a la brevedad
posible, la democracia y el estado de derecho.
A 15.000
kilómetros de distancia del escenario de estos violentos sucesos,
aquí en Australia, la repercusión no tardó en llegar y la reacción
no se hizo esperar.
Efectivamente,
los eventos producidos en Chile a partir del 11de septiembre de
1973 encontraron en Australia un inusitado eco y las actitudes
iniciales de condena al golpe militar y la continua observación
posterior del régimen fueron creando en el país una cultura
política que se expresó en muy diferentes y variadas formas.
La rigurosidad
asumida por sectores de la sociedad australiana contra al régimen
militar de Chile era el resultado de una nueva mentalidad política
y social que se había creado en gran parte de la estructura civil
a partir de la década de los años 60, cuya consolidación se
produce como consecuencia de la guerra contra el Vietnam, tiempo
en que se robustecen grupos y organizaciones políticas y laborales,
muchas de los cuales deciden incorporar a sus preocupaciones la
lucha por la restitución democrática y el regreso al estado de
derecho de esa nación del cono sur de América. Aún cuando con
anterioridad a los eventos ocurrido en Chile se habían realizado
acciones industriales contra otros países de parte de los
sindicatos australianos (en 1937-38 hacia el Japón cuando invadió
China y en 1948-49 contra Holanda que rehusaba conceder la
independencia política a Indonesia), éstas nunca alcanzaron la
sensibilidad demostrada frente el �caso chileno�. No se mostró
interés por entregar santuario político a las víctimas de estos
hechos (la política de �White Australia� termina oficialmente en
1974 durante la administración de Whitlam), ni se estimuló la
influencia cultural que estos pueblos podrían haber aportado a la
sociedad australiana, como aconteció con los exiliados chilenos.
La solidaridad
con Chile se expresó más allá de las restricciones comerciales e
incorporó en sus tareas a varios grupos y organizaciones, los que
junto a las organizaciones políticas y sindicales de Australia,
crearon desde sus inicios un movimiento de solidaridad que
trascendió hacia sectores sociales que no habían mostrado
anteriormente un interés por situaciones ocurridas en otros países.
Ellos se dedicaron a constituir comités de solidaridad, a crear en
torno a ellos una red de adherentes que pudiera amplificar su
trabajo y mantener así una actitud de vigilancia, de denuncia
contra la violación de los derechos humanos y de formación de
opinión pública para exigir la restitución democrática del país.
Estas organizaciones unitarias del movimiento social y político de
Australia establecieron, además, contactos y relaciones con las
fuerzas democráticas de Chile y con los organismos internacionales
que se constituyeron en distintos países del mundo para ayudar a
los chilenos a revertir la situación política creada por la
contrarrevolución triunfante.
Sus
preocupaciones estuvieron también relacionadas directamente con la
atención a las víctimas del golpe de estado, en especial a los
miles de chilenos que debieron dejar su patria y establecer su
nuevo domicilio en Australia. Para ello, ejercieron presión sobre
las autoridades administrativas del país para recibir a exiliados
políticos con sus familiares, abrir nuevos criterios dentro de la
política de inmigración para dar cabida a miles de chilenos que
fueron marginados del modelo socio-político y socio-económico
impuesto por el nuevo régimen militar.
Con estas olas
inmigratorias mostraron una preocupación distinta a la entregada a
otros grupos étnicos: políticamente buscaron preservar los valores
y formas culturales del exilio chileno, aminorando de este modo el
choque cultural que les significaba establecerse en otro país,
cursando invitaciones a dirigentes sindicales y políticos de la
diáspora chilena para vincularlos a esta franja de exiliados,
coordinando la exhibición de películas y documentales sobre Chile,
convidando a conjuntos de música popular de su país de origen,
realizando representaciones teatrales, veladas sociales y
artísticas; tareas que fueron incorporadas a la sociedad
australiana y cuyos efectos permitieron robustecer este movimiento
solidario y ganar nuevos adeptos para los organismos constituidos
en cada estado del país.
A través de
estas organizaciones se acumuló una extensa información acerca de
los acontecimientos en Chile y se ejerció una presión constante
sobre las autoridades gubernamentales del país para obtener de
parte de ellas, apoyo a sus objetivos y un mayor compromiso
político con las espiraciones del movimiento popular chileno,
derrotado el 11 de septiembre de 1973. Estas organizaciones de
solidaridad con Chile crearon, como consecuencia de su trabajo,
una sensibilidad social compartida, en que cualquier alusión
favorable a la dictadura militar era ridiculizada o motejada de
irrisoria. A esta actitud contribuyeron los propios chilenos que
se integraron a estos organismos y cuyos testimonios sobre la
situación de Chile ayudaron a facilitar la imagen draconiana que
adquirió el régimen; no eran sólo los medios de comunicación de
masas los que entregaban las informaciones frías y documentadas
sobre la realidad que vivía el país, sino que además, los chilenos
proporcionaban directamente el rostro humano de esta tragedia.
A consecuencia
de estas presiones los distintos gobiernos de Australia se vieron
constantemente asediados por los requerimientos que ejercieron las
organizaciones que se integraron al trabajo de solidaridad. Ellos
se vieron obligados a no eludir el problema, a dar respuestas y a
adoptar posiciones políticas frente a estas preocupaciones. De
este modo, los Prime Ministers, Whitlam, Fraser y Hawke, debieron
asumir públicamente una actitud frente al golpe y a la dictadura
militar. En este sentido, los gobiernos australianos del período
fueron incorporados al problema y presionados para pronunciarse y
actuar con respecto a la violación de los derechos humanos y
civiles de la población, a la restitución democrática que exigía
el movimiento popular chileno y las fuerzas internacionales que
habían hecho causa común con sus intenciones, a las relaciones
bilaterales en materia de comercio y por último en aspectos
concernientes al santuario político y a la inmigración chilena.
La solidaridad
provino principalmente del movimiento sindical australiano, cuyas
raíces en la lucha social y política lo identifican en gran medida
con el movimiento laboral surgido en Chile a fines del siglo
pasado. A través de él fue posible hacer que las acciones de
denuncia y de solidaridad con los trabajadores y los sindicatos
chilenos ejercieran influencia en los gobiernos y en la sociedad
australiana. Sus observaciones y acciones industriales obligaron
en gran medida a reajustar las normas de comportamiento que
gobiernos y empresarios deseaban mantener con la dictadura
militar. En este compromiso se destacaron las organizaciones
sindicales australianas más importantes del país, cuyo peso en la
vida económica de Australia ha sido decisivo en su proceso de
industrialización, transporte, educación y comercio exterior. La
influencia de estos sindicatos se extendió también a su central
sindical, el Australian Council of Trade Unions, ACTU, quien debió
asumir una posición sobre �el caso chileno� introducida por ellos,
pese a la oposición o vacilación de algunos de sus más altos
dirigentes.
La exploración
de estas reacciones y de las acciones asumidas por distintos
sectores de la sociedad australiana es el objeto del presente
trabajo.
Para desarrollar
este análisis, el autor ha optado por presentar una crónica
histórica, una narración cronológica que recoge en tres sectores
distintos de la sociedad australiana la respuesta a los eventos
ocurridos en Chile.
En la primera
parte, dividida en tres capítulos, se ofrece un cuadro general
sobre la situación política australiana hacia 1973, la que nos
induce en su contexto histórico a justificar la prontitud y fuerza
con que nacen en el país las organizaciones de solidaridad con los
sectores democráticos vencidos por el golpe militar en Chile y las
acciones emprendidas por ellos, movimiento enriquecido
posteriormente por el exilio chileno que se integra a trabajar en
estas instancias de solidaridad.
La segunda parte
constituye un recuento histórico de la posición de tres gobiernos
australianos, el cual cubre el período de los 16 años y tres meses
de duración del gobierno militar en Chile. En tres capítulos
diferentes son documentadas y analizadas: sus actitudes políticas,
sus relaciones comerciales con el gobierno del general Pinochet y
las disposición para permitir el ingreso al país de chilenos que
deseaban establecer su residencia en Australia.
Por último, la
tercera parte está dedicada a la solidaridad del movimiento
sindical de Australia con los trabajadores de Chile. A través de
cuatro capítulos, se documentan las similitudes con que nacen
ambas fuerzas laborales, la posición de la ACTU, el embargo
impuesto por los sindicatos marítimos y la actitud asumida por los
sindicatos más importantes del país.
De la lectura de
este trabajo se podrá evaluar el efecto que produjo en Australia
el fenómeno de la contrarrevolución en Chile: las repercusiones
que tuvo el golpe de estado y los posteriores procedimientos
utilizados por el régimen militar, las posiciones que fueron
asumidas, las acciones que se implementaron como respuesta a la
situación creada y por último, el papel jugado por las fuerzas
sociales y políticas de Australia en el movimiento internacional
de solidaridad creado con los sectores vencidos en el golpe de
Estado.
Gustavo Mártin
Montenegro
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